Cuando se han ido los últimos invitados, quedan una pareja y un castillo vacío. Quizá sea el momento más infravalorado de la jornada.
Se preparan durante meses la ceremonia, la cena, la fiesta. Casi nunca lo que viene después. Y sin embargo.
Estar solos en un castillo
Los invitados se alojan en el Auberge, a unos cientos de metros. El castillo, en cambio, se vacía. Suben la escalera majestuosa —la misma donde se fotografió el vestido unas horas antes— y ya no hay nadie.
La suite
En la primera planta, orientada al sur. Desde el salón, el balcón se abre al parque, a la fuente y, con buen tiempo, a la cordillera de los Pirineos en el horizonte. El baño es desmesurado: gran espejo, ducha de obra alojada en la torreta.
«Acabamos en el balcón a las dos de la mañana, sin decir nada. Es lo que mejor recuerdo.»
Al día siguiente
El desayuno se toma donde quieran: en la suite, en el salón del piano o fuera si la estación lo permite. Los invitados vuelven poco a poco al parque. Nada corre prisa: la finca es suya durante todo el fin de semana, no por una noche.
La suite está reservada a la pareja de novios e incluida en la privatización. Más detalles en la página Alojamiento.




